Cascadas de Oneta

Asturias es un paraíso tanto por lo natural como por los rallyes y es que, por su orografía, las carreteras de la zona invitan a pensar cuántas de ellas son dignas de ser incluidas dentro del itinerario de una prueba tanto Nacional como internacional, como así es y ha sido desde hace décadas.

Cuando se planean unas vacaciones por “el norte” siempre se le calienta a uno la cabeza pensando cuántos tramos podrá usar a modo de “enlace” entre tu punto de partida y el de llegada mientras que se buscan lugares que visitar y por ello, para la ocasión, recurrí a un amigo petrolhead bien conocedor de la zona que me recomendó las Cascadas de Oneta. La idea era pasar el día recorriendo el entorno y acceder a este singular remanso de belleza natural ubicado en una zona dedicada a la agricultura donde jamás hubiera pensado que se encontraría un par de cascadas.

Para acceder al pequeño pueblo de Oneta hay dos opciones: o tomar la A25 desde Navia o la A36 desde Siñeriz, siendo ésta segunda opción un reconocido tramo perteneciente al Rally Parque Histórico de Navia, celebrado en fechas muy cercanas a las que yo estuve por la zona. Como esperarías leer, la opción de la A36 debería ser la elegida… pues no, como decía, el (aprovecho para recomendarlo) ir a visitar la desembocadura del río y el pueblo de Navia me hizo planear una ruta de menos de 20 km desde esta localidad hasta las cascadas.

Dos fases

La singularidad del trayecto va en aumento y se divide claramente en dos fases. La primera es la que se sitúa sobre el asfalto  de la As-25, una carretera muy divertida con un pavimento casi siempre en muy buen estado (salvo algún que otro desconochón no muy importante, con un carril diferenciado por sentido y con arcenes mínimos o inexistentes lo cual lleva a tener mayor precaución si cabe ya que, por esta vía tuve que adelantar varias veces a ciclistas.

Además de lo bonito y entretenido de su combinación de curvas serpenteantes, hay un mirador donde la explosión de verdor típico asturiano pero no por ello menos admirable procedente de una insultante abundancia de agua se baña con una luminosidad solar que se cuela entre la arboleda hacen obligatorio pararse a contemplar durante un buen rato el paisaje como intenté recoger en la imagen que encabeza esta entrada.

Como señalaba, la ubicación y características de Oneta obligan a ir reduciendo la calidad de las carreteras (en cuanto a tamaño y superficie) que llevan al lugar, por eso, tras atravesar una importante cantidad de aldeas, llega el momento de salir de la As-25 para tomar el primer desvío importante con dirección a Oneta.

Entonces empiezan las “señales” (o más bien ausencia de ellas): la anchura de la calzada se reduce acusadamente llegando a hacerme pensar si no será una vía de un solo sentido, no hay guardarrailes, carece de placas verticales, no hay más que curvas, curvas, curvas y algún que otro arbusto que ha crecido libre para ocupar parte del “aire” por donde debería pasar un vehículo.

Estando en la que sería la segunda parte de esta ruta, empiezo a pensar “¿me habré equivocado? ¿adónde me lleva esto?”… o peor “y si tengo algún problema con el coche ¿me encontrará la grúa?” porque, de verdad que parece que, inicialmente, esa carretera es un acceso privado o poco más que un comienzo pavimentado a un camino rural… pues no.

Pero lo más bruto de esta carretera son sus curvas, sus horquillas ciegas,  sus 180º con el morro picando el suelo y su frenético ritmo aun yendo a velocidades donde el desconocimiento de la misma y la precaución me permitieron absorber su esencia de carretera perdida en ninguna parte con más personalidad y carisma que otras. Exigente se queda corto, complicada tampoco, sencillamente apasionante.

Los poco más de cinco kilómetros ocuparon cerca de 10 minutos, pero los recuerdo duplicados tanto en espacio como tiempo pero maximizando la emoción que me produjo recorrerlos.

La vuelta por Villartorey

Una vez visitadas las cascadas de Oneta, la vuelta me tenía preparada una sorpresa: el navegador me llevó por Villartorey.

¿Y qué significa eso? Pues que, de los 5 km de la ida, ahora usaríamos la VY-4 que pasa por Villartorey, atravesándo la villa y retrasando ligeramente la incorporación a la As-25. ¿Y qué supondría esto? Pues duplicar el recuerdo de la complejidad de la ruta sobre todo gracias a un rasante ciego por la luz de frente del atardecer de verano (bendita pantalla del navegador que me “cantaba” lo que me esperaba tras alcanzarlo) que me hizo acordarme del gran Ari Vatanen en el Pikes Peak y su 405 T16 usando su mano izquierda a modo de parasol (válgame que no me comparo, ni me atrevería, con él) mientras con la derecha controlaba el volante de su bestia.

Pero no solo con la complicación de la bella pero cegadora luz del atardecer, el pueblo me aguardaba su propio encanto…

Al margen del rasante y la visita al pueblo de Villatorey, la similitud con las características con el anterior recorrido de ida con esta parte de la VY-4 era más que esperable y así fue aunque, como ya sabía adonde me estaba metiendo, el respeto inicial y la incertidumbre ante lo desconocido que padecí horas atrás, pasó a la historia emanando unas ganas locas por disfrutar recorriendo ese pedacito de asfalto asturiano y el resto del trayecto de vuelta hasta Navia como así hice.

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